Corriendo con una escala ajustada, de regreso a casa, enfermo, pero con buen ánimo, me subo en el avión que dicta la última parada de mi jornada. Llego a mi asiento y veo un hombre de carácter humilde y ya entrado en edad. El vuelo iba mas vacío que lleno y decido no decir nada.

Tomo asiento con un libro que me mantenía cada vez más intrigado; mis ojos clavados en él. Ya sabía que venía; debía bajar el libro y hacerle una pregunta al buen hombre que estaba a mi lado. Sentía que este hombre quería hablar.

-¿Panameño?, pregunta curioso.

-No, soy Dominicano, ¿y usted?

-Hondureño, voy de trabajo a Rep. Dom., Soy mecánico y voy a R.D., al norte. Muy bello el país de ustedes, me encanta. No es la primera vez que vengo, he venido varias veces, he viajado a Costa Rica, Guatemala, Panamá y ningún lugar es tan bello como República Dominicana.

Entre comentarios y momentos de conocereste señor lleno de bondad, caigo en cuenta de su gran nobleza. Cuando de repente nos llega la comida, ambos pedimos lo mismo. Y para mi sorpresa el se comía las papitas que yo mismo casi devuelvo. Al terminar mi sándwich lo miro y lo que hace es ofrecerme el de él. Me acordó a esos buenos hombres de campo que prefieren que su invitado esté bien; y hasta su pan le dan para que este esté a gusto. Para mi sorpresa intuyo que siente que yo soy invitado suyo en el avión, o quizás carecía o abundaba de modales ya olvidados por muchos de nosotros.

Le ofrecí mis papitas, a lo que no hizo desaire, y las recibió como el gesto más apreciado que alguien habría hecho por él. Me ofreció mentas y gomas de mascar, su servilleta por mi gripe, y luego me dijo, “Me toca un largo viaje todavía y voy a dormir un rato.” Y así continúe mi lectura. Me quedé pensando en los buenos modales y nuestra sociedad. Cuánta diferencia entre su cultura y la nuestra. Aquella en que cada día vemos más ricos sin sudar y más veneraciones por aquellos que en unos años sólo aprovechan para su bolsillo. Lo curioso es cuando esta misma enseñanza se permea entre mis amigos y personas que han tenido la misma educación que yo.

Si sólo nos detuviéramos  y con aprecio aceptáramos las cosas que son creadas con valor y moral para no poder ser señalados en un futuro… De alguna manera quisiera que entendieran que servir no quiere decir servirse; el servicio tiene mérito y éste se le da por buena obra, no por auto-imposición. Ojalá y más hombres tuvieran la caballerosidad de este señor.