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La pasión de hacer lo que te gusta es lo que da razón a tu vida, es la luz que te saca de la monotonía, que te permite reforzar tu creencia en ti mismo, y que refuerza la capacidad de enfrentar las situaciones más adversas, porque la tienes ahí como un faro marcándote el rumbo, te lanza a ir más allá a vivir con total apertura a que nada te detenga, pues has encontrado lo que en tu vida tiene realmente sentido.  Los demás perciben que las personas apasionadas tienen sueños, proyectos y, sobre todo, mucha energía física y mental-espiritual.

Las personas con pasión emanan creatividad, caminan hacia adelante en su vida, se superan a sí mismas, y sobre todo creen en ellos mismos.  Sin embargo, es fácil perder las pasiones:  la propia rutina, las “obligaciones”, y el día a día nos conducen a dejar para otro momento eso que tanto nos gusta hacer, ese impulso que promueve el disfrute imprescindible para caminar con una sonrisa en la cara.

Algunas personas que se dejan abrumar por el día a día, corren el peligro de caer en una desesperanza aprendida.   Este es un término introducido a mediados de los años 60 por Martin Seligman, creador de la psicología positiva.  La desesperanza aprendida, es el abandono de los sueños, la renuncia a toda posibilidad de que las cosas salgan bien, se resuelvan o mejoren.  El individuo que sufre de este síndrome de indefensión se siente tan frustrado que reacciona por debajo de lo esperado, agudizando la resignación y el fatalismo.

Los estudios de Seligman se realizaron exponiendo a perros a descargas eléctricas sin posibilidad de escapar de ellas.  Enseguida los animales dejaron de emitir respuestas evasivas, aunque la jaula hubiese quedado abierta.  Esto es, habían aprendido a sentirse indefensos y a no luchar contra ello, desarrollando así un síndrome caracterizado por un marcado déficit para iniciar otras conductas y/o para aprender conductas nuevas.