Por Ricardo Tirado

Llegando a Miami y probando cosas nuevas, decido irme en una línea aérea diferente, que para mi sorpresa estaba en otra terminal a la que no acostumbro ir. Por mantenerme activo con todas mis cosas, me encuentro buscando un lugar donde poder cargar mi celular.  Veo un toma corriente y justo hay alguien cargando de un lado, el otro desocupado. Me siento en el piso, lo conecto y me percato de que el celular es de una señorita bella, sentada a mi lado.

Saludo cordialmente y continúo en mi mundo. En unos minutos noto que ella está llorando, y le pregunto:

– ¿Estás bien?

– Sí, sí; estoy muy bien –  contestó ella.

– Entonces son lágrimas de felicidad. Cuanto me alegro por ti – le dije con una sonrisa.

– No, es sólo un corazón roto.

No saben el impacto que estas palabras tuvieron en mí en ese momento, porque realmente no sabía qué contestar. Esto no me sucede frecuentemente, pero hay excepciones. Aquí estoy yo que trabajo con personas, y nunca (hasta ese momento) había tenido un caso como éste.

Empiezo a preguntarle detalles de lo que le había sucedido y ella a contarme detalles de su relación. Tenían diferentes visiones: ella quería una familia, él quería un mundo con ella. Compartieron muchos años, pero al final, si iban por caminos diferentes no había manera de que sus caminos convergieran; por lo que decidieron que era mejor dejarlo como estaba y que cada uno siguiera su rumbo. Ella iba camino a Venezuela para darse un tiempo lejos de él y dejar atrás ese capítulo. Esa historia quería dejarla en el olvido y empezar de nuevo.

Pensé: ¿Seis años en una relación para darse cuenta que sus caminos eran diferentes? ¿Cuántos de nosotros entramos a una relación y nos quedamos a pesar de que sabemos que no va para ningún lado, sólo por la compañía y no estar solos? ¿Cuántas veces nos creamos unas expectativas de cómo será el futuro con esta persona sin saber exactamente lo que esa persona quiere? ¿Cuántas veces por sólo no empezar de nuevo, nos conformamos con lo que tenemos a nuestro lado?

Triste es cuando estás con alguien que no sabe siquiera lo que quiere para su vida, y mientras no sabe quiere llevarse a todos por delante. Cuando nuestro egoísmo gira más en tener algo seguro que en ser feliz con lo que se tiene.

No soy ningún experto en esta materia, pero sí puedo darme cuenta como en muchas áreas de nuestras vidas nos mantenemos aferrados a algo que sólo existe en nuestras mentes. Pero, como me dijo esta mujer que hoy puedo llamar mi amiga:  —“Ricardo, ¡el tiempo cura todo!”… Entonces reflexione: El problema es cuando no queremos darle tiempo al tiempo y queremos modificar el pasado, cuando lo que debemos es cambiar el presente para que el futuro sea lo que queramos. Espero volver a ver a mi amiga y que los días venideros sean como ella los desea. Al final, la vida continúa…